Angel Arango
Antes de saltar
hizo una última señal.
Descendió a
través del espacio haciendo el cuerpo más ligero que una pluma, la mente vacía
de pensamientos, la sangre detenida, los nervios abiertos dentro de los
músculos como las costuras de un paracaídas.
Sin ropa ni
equipos, porque la materia de esas cosas no obedecía a su voluntad como la
carne.
Desnudo.
Era fácil. Se
inhibía de la fuerza de gravedad y dejaba de ser su conductor. Apenas permitía
que se hiciese sentir el peso de la piel, apretada en derredor como una coraza
para protegerlo del frío.
Al llegar a la
superficie del agua, el cuerpo tomó por sí mismo la posición vertical y se
orientó a tierra.
Estaba salvado.
La única herida
que se había hecho al deshacerse rápidamente de la nave le sangraba, pero no
ofrecía peligro, porque a él la sangre se le regeneraba al contacto del oxígeno
y dentro de las venas. Era extraordinariamente alto y hermoso, y sus ojos de un
color azul marino fulguraban con brillo metálico, y eran penetrantes como los
rayos del sol del mediodía.
Aún no tenía
barba, porque hacía pocos días que se había afeitado.
- Mi nave habrá
caído en el océano - se dijo.
Y echó a
caminar por aquel mundo desconocido adonde no había intentado nunca venir y que
por un accidente se convertía en su destino.
Comenzó a andar
en dirección a los árboles que se estremecían bajo la brisa que soplaba
procedente del mar próximo.
Pronto divisó a
un grupo de nativos que se dirigía al río y vio cómo vestían. Oculto, logró oír
parte de las conversaciones y puso a trabajar su voluntad para que el cerebro
funcionase a toda capacidad y le diese el significado de las palabras.
Los siguió. Uno
a uno fueron metiéndose en las aguas y se bañaron con alegría.
- Debo
acercarme.
Fue hacia donde
estaban y entró también en el agua. Uno que parecía dirigir el grupo se le
aproximó e hizo una extraña reverencia. El abrió sus brazos, como era costumbre
saludar en su planeta.
- Bienvenido -
dijo el otro.
- No entiendo
nada - respondió el extranjero en su lengua.
El que dirigía
el grupo comprobó cuán alto era.
- No eres como
nosotros - dijo -. ¿De dónde vienes?
El cerebro le
trabajaba febrilmente; las palabras iban y venían por sus conductos nerviosos y
se revolvían en una confrontación interminable. No sabía qué responder aún y
sin embargo, sentía que las palabras últimas eran mucho más fáciles, casi las
tenía en su repertorio. De pronto, sin saber cómo, dio la respuesta señalando
el punto del océano espacial por donde habla llegado.
Su cerebro,
obediente, eficaz, bien alimentado, había encontrado el significado preciso de
las primeras palabras. Comenzaba a formar su vocabulario y ahora tendría que
aprender a utilizarlo.
- De...
Y su mano
volvió a extenderse para señalar el lugar del cielo. El grupo lo contempló en
silencio. Quizá no comprendían su respuesta. Quizá no podían imaginarla tan
siquiera. Les pidió ropa prestada y se la dieron. Luego se sentó con ellos y
conversaron. Ellos hablaban y él contestaba aún con monosílabos. Supo que había
allí otros hombres que vestían de hierro y atravesaban a los nativos con sus
lanzas.
«Debo
permanecer vivo hasta que llegue mi grupo de rescate», se dijo y fue a
refugiarse en el desierto, donde podría soportar hasta seis meses sin comer ni
beber, gracias a la energía de reserva que tenía acumulada.
El desierto era
silencioso y aburrido. Casi como el espacio interplanetario; mirar las dunas
era igual que contemplar los caprichosos diseños de las constelaciones. Durante
la noche, cuando las formas de la arena se perdían en la gran oscuridad y el
único paisaje eran las estrellas, se sentía adolorido y angustiado, porque era
terrible verse prisionero de una tierra extraña y ser incapaz de alterar el
espectáculo de aquellos puntos fijos. No era como cuando dentro de su nave podía
trazar un curso y cambiar el panorama y aproximarse o alejarse de los distintos
mundos.
- Terminaré por
volverme loco - gritó al mes y se fue hacia la costa, donde encontró una
familia de pescadores con los cuales hizo amistad y aprendió a hablar perfectamente
el idioma. Luego se embarcó con los pescadores para recuperar el equipo de
señales. Descendió a las aguas y recorrió a pie el fondo del mar. Fue inútil.
Entonces emitió una señal telepática debajo del agua y ésta atrajo a los peces,
que llenaron las redes. Volvió a la superficie, desplazó la atmósfera e hizo en
torno suyo el vacío. Por su cuerpo no corría la fuerza de la gravedad: era como
un muerto inmóvil y se deslizó así sobre las aguas, erguido sobre sus pies que
descansaban en una delgada capa de aire sobre la superficie del mar.
Los marineros
que le vieron tenían unas terribles caras de asombro y comprendió que había ido
demasiado lejos. Aquel mundo, o aquel lugar del mundo que visitaba, estaba
demasiado atrasado.
«Comenzarán a
hablar de mí y no me conviene». Se lo dijo a los pescadores:
- No es nada.
No lo digan a nadie.
Los pescadores
fueron honrados. No dijeron absolutamente nada, pero le trajeron a un amigo
ciego para que él lo viese y procurase ayudarlo.
- Por piedad.
Era una voz
conmovedora. El hombre estaba con los párpados cerrados y solamente repetía
aquello con convicción definitiva.
- Por piedad,
por piedad...
- Puedo usar mi
voz - pensó - y hacer que rompa el sello que quema su mirada. Pero mí energía
está limitada y la que recibo de este mundo es pobre y no puede recompensarme.
Mi poder, mi poder debe durarme...
Sin embargo, el
hombre ciego permanecía frente a él, y era algo que no podía soportar porque en
su mundo no existían esos males.
- Te ayudaré...
Acuéstate...
El ciego obedeció
y él cubrió sus ojos. Volvió a decirle las mismas palabras varias veces. La
vibración de su voz destruyó el virus. Hasta que el otro despertó y vio la luz.
Leyendas e
historias fueron tejiéndose en tomo a él y la vida de aquellos hombres se fue
cerrando alrededor de la suya, a pesar suyo.
Llamaba la
atención por su estatura y por lo fuerte de su mirada y tenía ahora una larga y
suave barba y cabellos que le cubrían la nuca. Su presencia era conocida
rápidamente y el pueblo se le acercaba y lo rodeaba.
- Extraño
pueblo que no conoce el amor y vive siempre alucinado... Extraño pueblo que no
conoce el amor.
Le seguían a
todas partes y le escuchaban y le observaban; había comenzado a formar parte de
la vida de las gentes.
Probó sus
poderes. El poder de la mirada, la fuerza de la mirada.
Saludaba
abriendo los brazos.
- Lo que llaman
riqueza no vale nada en mi país - decía -. El amor es lo importante.
Las mujeres le
seguían, pero él sabía que no podía prodigarse porque sus energías se reducían
más y más.
- Es un hombre
encantador...
- Lo que ocurre
es que no nos mira, por eso le amamos.
- Pero estaría
dispuesta a seguirlo siempre.
- Dice cosas
tan nuevas. Todavía no sé de qué habla, pero hay sentido en su persona.
- Es como si
viniera de algún lugar lejano y limpio donde los hombres fuesen más fuertes y
seguros y no necesitaran bañarse como aquí.
- El probó sus
poderes. El poder de la mirada, la fuerza de la mirada.
- Mi poder, mi
poder...
Se le despertó
una profunda compasión por aquel pueblo tan necesitado de creer y de amar, a
pesar de todo. Y aunque no dejaba de preocuparle el saber que estaba lejos de
su mundo «Mi señal perdida y yo sin respuesta» hizo cuanto pudo por ayudar a
mejorar la vida y la existencia de los hombres y mujeres que con tanta pasión
se le aproximaban. Comenzó a explicarles cosas y lo hizo en forma atractiva,
presentándolo como dicho anteriormente por algún personaje histórico que ellos
respetasen o como un mensaje nuevo transmitido a través de él. Porque el engaño
era necesario.
Habló en metáfora,
lo que sirvió para causar una gran impresión a su auditorio y también para que
posteriormente fuesen confundidas sus palabras.
- No debo
alejarme nunca de los que me siguen. El día que lo haga, los opresores de este
país me destruirán y habrá cesado mi última esperanza de ser rescatado. Sé que
mi poder no durará siempre...
A pesar de
ello, le inquietaba el hambre entre las gentes y sus enfermedades. Y utilizó la
frecuencia de las vibraciones de su voz para curar y decidió alimentar a los
miles de hombres que pasaban hambre.
- Eso no se
conoce en mi mundo. Extraños y pobres seres.
Dejó escapar
lentamente la energía que llevaba concentrada en su mente y multiplicó los
alimentos terrestres por procesos reproductivos acelerados.
- Aunque yo
termine no siendo más que uno de ellos.
Pero había roto
la cadena de la historia.
Los soldados no
fueron quienes dieron el primer paso para destruirlo. Fueron los comerciantes
que vendían la comida.
- Ese hombre
debe desaparecer. Nos arruina.
- Que muera.
Que muera de una pedrada certera.
Cuando se
dispuso a levantar la piedra, el extranjero, que presintió la agresión, se
volvió hacia los tableros de mercancías y los volcó sobre el piso. E
inmediatamente el pueblo repitió la acción con todos los demás tableros.
Cada minuto que
pasa las cosas crecen y se vuelven importantes.
Un silencio
penetró los corazones, y hombres y mujeres se postraron ante él. Estaba
erguido, él solo, como un rey, en medio de la multitud. El solo, alto y
extraordinario, con sus ojos de mirada poderosa, que nadie podía rechazar.
La cena fue una
sesión científica. En ella quiso explicar que la materia se adapta a distintos
procesos evolutivos, a distintos niveles biofísicos.
- Todo esto no
es más que nosotros mismos - dijo poniendo las manos sobre los alimentos -. Yo
puedo volver a ser esta materia y ella puede convertirse en persona. La vida no
debe perderse más que para cambiar de cuerpo, de medio. Ustedes mueren porque
no han aprendido a querer vivir; no quieren vivir más porque sus facultades son
poco evolucionadas y le dan una visión estrecha del mundo. Si pudieran
disfrutarlo, entonces desearían renovarse eternamente...
Uno le preguntó
cómo había logrado revivir a un muerto.
- Mi voz
destruyó los gérmenes, repuso el movimiento y rehabilitó la materia. Mi palabra
es natural y, sin embargo, da las vibraciones necesarias.
Los soldados
marchaban por la carretera de cuatro en fondo. Cantaban un himno. Un hombre
saltó al camino y les hizo señas. El grupo se detuvo a las órdenes que impartió
el oficial. Este se adelantó al hombre y le preguntó:
- ¿Es usted?
- Sí -
respondió el otro temblorosamente.
- Bien; díganos
dónde está.
El hombre
apretó sus manos con nerviosismo y le susurró al oficial:
- Es el más
alto. Tiene los ojos azules y brillantes.
El oficial
desplazó a sus hombres y éstos avanzaron en escuadra desplegada sobre el campo
para cerrarse alrededor del punto señalado.
Poco después
rodeaban al extranjero y el oficial le preguntó:
- ¿Quién eres?
- Yo soy el
hijo de un hombre - respondió el extranjero.
- ¡Llévenselo!
- dijo el oficial. E hizo señas de que le atasen las manos. Por un instante, el
hombre que quería aprovechar el tiempo que vivía fuera de su tiempo para ayudar
a un pueblo mucho más atrasado que el suyo contempló el pedazo de soga colgando
de las manos del legionario. Por un instante pensó que podría deshacerse de
todos ellos con el resto de fuerza que aún le quedaba de reserva. Pero entonces
comprendió también que de nada serviría, pues había hecho allí más de lo que
podía y nadie le conocía verdaderamente ni sabía quién era. No ganaría
ahorrando unas horas más de vida. Su poder se había consumido ayudando al
pueblo sometido, multiplicando el alimento, rehabilitando a los enfermos. Tarde
o temprano terminaría agotándose. Estaba desarraigado, fuera de los cielos que
había surcado a velocidades increíbles, cansado de esperar el resultado de una
señal hecha con demasiada precipitación. Una señal demasiado pequeña para un
universo tan grande.
Extendió ambas
manos y el soldado se las amarró.
Cuando llegaron
a la ciudad comenzaron los interrogatorios. Aparecieron muchas personas que
decían conocerle y que le atribuyeron frases y hechos. Luego le quisieron hacer
confesar cosas que desconocía e insistían una y mil veces en averiguar de quién
era hijo.
- ¿Eres
príncipe? ¿Eres rey?
- Yo sólo soy
el hijo de un hombre - volvió a repetir y entonces, sorpresivamente, le
escupieron el rostro y le entraron a golpes y garrotazos.
Era la primera
agresión física. Quiso romper sus ataduras y pensó en ellas, únicamente en
ellas, a pesar de todo lo que le rodeaba. Se concentró totalmente. Pero las
ligaduras no cedieron; estaba perdido, sus últimas fuerzas superiores le habían
abandonado. Era un hombre indefenso como los demás, como los habitantes de
aquel pueblo sometido.
- Tú eres un
conspirador - gritó un viejo histérico al que secundaba todo el Consejo de
Ancianos -; te vamos a entregar al ejército...
Y así fue.
Le llevaron
ante un militar vestido de hierro como los demás, pero que se envolvía en una
capa roja.
Antes de llegar
a él tuvo que cruzar entre dos filas de hombres con estandartes. Miró a lado y
lado y vio cómo, con el furor de su mirada, los estandartes se abatieron.
- Aún me queda
energía.
Volvió a
intentar romper las ligaduras. Pero nada, sólo los estandartes se abatían; su
última energía los hacía extraordinariamente pesados en las manos de los
soldados.
- ¿Quién eres?
- preguntó el oficial.
El extranjero
miró dudosamente al jefe de los soldados.
- Yo soy un
hombre de...
El comandante
le interrumpió:
- ¿Eres tú
Cristo?
- Ese nombre me
das - dijo el prisionero y pensó que si hubiera tenido allí su identificación
se la habría mostrado con gusto al oficial.
- ¿Tú eres el
rey de esta gente?
- No entiendo
lo que dices - respondió el extranjero -. Yo no soy de aquí.
- Tu reino
entonces no es éste.
Se volvió a la
multitud y les dijo que el hombre alto era inocente del cargo de conspiración.
Pero en primera
fila delante de la multitud estaban los comerciantes de quienes el extranjero
se había defendido. Y éstos comenzaron a dar gritos de:
- ¡Muerte!
¡Muerte!
Y la palabra
asustó al gobernador, que lo entregó a la tropa.
Los soldados se
lo llevaron a un sótano donde lo patearon, lo golpearon y, por último, lo
amarraron a una silla llenándolo de símbolos extraños como si fuese un
espantapájaros.
De allí lo
sacaron poco después a la calle y le colocaron una enorme cruz de madera de
cedro sobre las espaldas. El hombre sostuvo el peso cuanto pudo, mientras le
hacían marchar hacia un monte próximo conocido por «el lugar de la Calavera». A
latigazos y lanzazos, como hacían con aquel pueblo sometido, el inesperado
visitante fue arrastrándose.
Legó al monte y
lo alzaron en la cruz.
Había otros dos
ajusticiados a su lado, pero él se veía mucho más grande.
- Quizás
hubiera tenido más suerte en la forma de morir, si no hubiera sido por esta
costumbre de abrir los brazos...
Uno de los
soldados le oyó hablar y le clavó su lanza.
Se relajó
definitivamente para no sufrir.
Pero aunque lo
consideraron muerto, su corazón latía aún a un ritmo imperceptible para el
hombre de la Tierra.
Lo descendieron
y lo introdujeron en un sepulcro.
Era mucho más
corto de estatura que cuando había descendido del espacio.
Los soldados
custodiaron el sepulcro por temor a que algunos curiosos del pueblo pudieran
sustraer el cadáver.
La oscuridad
vino sobre el mundo. El sol se escondió y el cielo apareció oscuro aun siendo
de día. Se vieron las estrellas. La luna, que era como sangre, no brilló en
toda la noche.
La patrulla de
rescate había hecho dos o tres disparos de efecto sobre la tierra y los
edificios. En el cementerio se abrieron las fosas de los muertos. Mientras la
nave se mantenía en el aire, próxima a la superficie de la tierra, creando un
cielo de tormenta con todos sus reflectores encendidos, dos de los hombres se
aproximaron al sepulcro ante el espanto de la guardia. Eran altos y de vistosos
uniformes y con facilidad retiraron la piedra que cubría la tumba.
El extranjero
torturado se levantó y, caminando por sus propios pasos, fue a reunirse con los
dos hombres.
- Vámonos -
dijo.
Y
desaparecieron en el cielo.
Luego, el
pueblo comenzó a contar la historia con grande emoción. Los detractores la
deformaron y los admiradores también. Los escritores tomaron todas estas
deformaciones e hicieron la obra literaria. Cada cual habló lo que quiso y la
humanidad continuó repitiéndolo y sigue en ello. Aún hoy en el año 3.000.
FIN
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